martes, 11 de enero de 2011
Despiertas, un nuevo día comienza y la única sensación que eres capaz de percibir es, tristemente, que sólo deseas que acabe, que vuelva la oscura noche, la fiel noche, ésa que hace que toda la angustia se largue; ésa, ésa misma en la que te vuelves inconsciente durante algunas horas, inconsciente de lo que te espera, de lo que eres y de lo que te rodea; sólo la noche y tú, sólo el sueño y tú, sólo la ignorancia de lo que ocurre fuera, sólo la ausencia de tu alma en la penumbra, sólo la verdadera felicidad.
Afrontas las horas con la sensación de un constante intento por adivinar a qué te dedicas, ¿por qué efectúas cada movimiento? ¿Por qué reflexionas de esa manera? ¿Por qué vuelves a perder la estabilidad que encontraste? ¿Esa estabilidad de la que te enamoraste? Sí esa, esa estabilidad que te hacía sentir como a nadie, segura de ti misma y sin nada que reprocharte.
Hablas con gente a la que ni siquiera importas. Trabajas convencido de que es eso lo que toca, sin preguntarte, sin responderte.
Hablas muriéndote por dentro, poco a poco, porque sabes que necesitas importar, necesitas sentirte parte de algo o de alguien; sin pedir mucho, sabes que necesitas sentirte parte de tu propia persona, parte de lo que haces y de lo que piensas, parte de lo que sientes y de lo que decides no sentir. Trabajas para ocultar el remordimiento, para evitar cerciorarte de que verdaderamente te mereces lo que tienes: no, no quieres creer que nada sea lo que mereces, nadie merece nada; quizás tengas algo, pero no crees que debes sentirte feliz por lo que tienes si no es lo que realmente quieres.
Hablas e intentas dar lo mejor, o al menos eso lo que quieres creer, consciente de que quizás exista la posibilidad de que no lo estés haciendo de la manera correcta. Prefieres pasar, prefieres buscar esa ansiada estabilidad donde no sabes que no la encontrarás, buscando en el vacío; buscando desesperadamente la salida cuando en realidad estás fuera.
¿Sabes lo que ocurre? Yo te lo diré:
Ocurre que además de vivir condicionados por nosotros mismos, vivimos entre personas, personas que miran por sí mismas, del igual modo que tú; personas a las que consideras importantes y que precisamente por ese motivo, te desestabilizan; hacen que te levantes por las mañanas con angustia y por las noches no duermas. Pero no me hagas demasiado caso, porque de nuevo, he vuelto a echar balones fuera, culpando a las personas de que no sea capaz de encontrar una salida cuando en realidad ya estoy fuera.
Etiquetas: realidad.





