lunes, 1 de junio de 2009

Es cierto, pensé. Me explico, hace escaso tiempo, abrí los ojos para mirar mi alrededor, para decirle adiós al egoísmo natural del ser humano, decidida a ser la excepción que confirme la regla, algo relativamente imposible, pero no inmejorable. ¿La procedencia de mi repentina visión ante la realidad? Un paseo por la actualidad. Al pretender entrar en un supermercado habitual, me detuve ante algo que jamás lo había hecho, sí, conocía su presencia en las calles, pero esta vez fue diferente. No había nadie, la persona que rogaba le entregaran unas monedas para subsistir, no estaba; sólo encontré un cartón plegado en cuyo interior yacían algunas monedas, obviamente, ese insignificante cartón en muy contadas ocasiones podía conocer el especial tacto de un simple billete. Como ya he reiterado, ningún individuo presente. "Qué buena persona" pensé, lo cual me sorprendió. Mi pensamiento había soltado esa entrometida opinión sin mi menor consentimiento, "¿Porqué he dicho eso?" Susurró mi asombrada conciencia. Como de costumbre, tuve que reflexionar ante esa idea, la cual me hizo llegar al destino que buscaba, la respuesta. Ese desconocido que no sé exactamente en qué momento abandonó su cesto lleno de monedas, ese desconocido, era una buena persona; y es que, aunque por mis escasos años de vida, no tengo demasiada experiencia, he descubierto que sola y exclusivamente es buena persona, aquél que considera que los demás lo son. Ese mendigo, amigo de las calles, depositó toda su confianza en el resto del mundo, en las personas que lo rodeaban, consideró que serían lo suficientemente amables como para no tocar ni un "centavo".
Etiquetas: realidad.





